A los ricos

     Enrique Peña Nieto convocará, más pronto que tarde, a los hombres de mayor riqueza en México para pedirles que hagan una aportación de millones de pesos para la campaña de su partido rumbo a la elección de 2018. Esta es una profecía científica.

     A fines de 1993, Carlos Salinas de Gortari hizo una convocatoria similar en la casa de Antonio Ortiz Mena, ex secretario de Hacienda y Crédito Público. Seguía una añeja tradición (antimoderna y vigente). Entre ellos estaba el Grupo de los Diez de Monterrey. A cada uno de ellos le pidió 25 millones de pesos. Emilio Azcárraga propuso que se doblara la cantidad: 50 millones. Sabía que tales recursos se invertirían fundamentalmente en Televisa.

     Si Peña Nieto no lo hace es porque ya lo habrá hecho y mi profecía tendría entonces carácter retroactivo.

La solidaridad, abnegación y sacrificio de muchos mexicanos ante la destrucción, mengua del patrimonio de numerosas familias y pérdida de vidas humanas de más de 360 compatriotas ha sido motivo de reconocimiento de propios y extraños. Con todo, la reconstrucción de obra pública y viviendas, y los empleos suspendidos o desaparecidos, son rubros que no será fácil satisfacer con sólo la caridad privada o donaciones de prerrogativas públicas, como la de los partidos políticos. Los católicos pueden ver en sus templos un volante donde se lee una frase del santo Vicente de Paúl: de nada vale la caridad si no va acompañada de justicia. Y justicia es lo que falta en nuestro país.

     Con la petición y la respuesta positiva de los partidos de donar parte del financiamiento que les corresponde (bien para gasto corriente, bien para las campañas), por primera vez los ciudadanos –un millón y medio, se dice– sintieron que su iniciativa frente a los partidos políticos era coronada por el éxito. Siento decirles que esa iniciativa rebosa populismo y no favorece a la democratización de la vida pública: abre paso, como bien lo ha dicho el jurista Diego Valadés, para que la sociedad sea controlada y gobernada por los más ricos. Pero es, además, una iniciativa mocha. Por lo menos debieron haberla complementado demandando un tope de campaña a la tercera parte del establecido y penas severísimas para quien lo sobrepasara.

     Los partidos que han dominado la escena política del país –el PRI y el PAN– pueden prescindir de los fondos presupuestados para ellos, pero disponer bajo cuerda de fondos públicos (Pemex, las administraciones de dependencias, estados y municipios que gobiernan), y por supuesto de los privados provenientes del extranjero, de monopolios nacionales y trasnacionales y de ricos de toda laya, incluidos los capos del narco.

     Que sean los ricos los que manden directamente y no mediante una burocracia plegada a sus intereses parece ser la consigna.

     En una búsqueda por Internet me encontré con un artículo publicado por CartaCapital, una publicación brasileña. Su título: “¿Harto de la política? Reclame a los ricos.” Con sólo cambiar el nombre (México por Brasil y mexicanos por brasileños) sus conclusiones parecen extraídas de nuestra realidad. Aquí se puede consultar.

     Peña Nieto se reunió con los industriales del país en Monterrey y los convocó a la reconstrucción de lo destruido por los sismos. Es una convocatoria para que ganen más dinero del que pudieran aportar vía donaciones. El Consejo Coordinador Empresarial se constituyó casi en el representante de la ciudadanía para captar y distribuir los aportes. ¿La contraparte de la corrupción como garante de la transparencia?

Un estadista toma decisiones extraordinarias ante una emergencia nacional. Ya debiera haber sido creada una comisión intersecretarial para la reconstrucción con acompañamiento ciudadano (plural). Y Peña, como si fuera a colectar fondos para la campaña de su partido, tener reuniones abiertas con empresarios regionales, por gremio y por organización genérica, para pedirles que contribuyan señalando porcentajes moralmente aceptables. Doy dos ejemplos que lo serían.

     En una sola operación, el grupo Femsa obtuvo una ganancia de alrededor de 470 millones de dólares, con la venta a los dueños de Heineken global de 0.5 por ciento de 20 que quedó en manos del consorcio mexicano a cambio de enajenarle a la cervecera holandesa la propiedad de la Cervecería Cuauhtémoc-Moctezuma en 2010. Católicos y promotores de la compasión como son los dueños de Femsa, ¿no estarían dispuestos a dar el diezmo de esa cantidad para sus hermanos en desgracia?

     Las petroleras que se adueñan a pasos agigantados del petróleo mexicano lograron reunir la misérrima y ofensiva cantidad de 850 mil pesos a la Cruz Roja para sus labores de asistencia médica relacionadas con los daños a la salud causados por los sismos. Se calcula que sólo la ExxonMobil gana 7 mil millones de dólares al año (La Jornada, 30/9/17). Igual, 10 por ciento de esa cantidad podría donarla al país que le deja ganancias estratosféricas.

     Sólo con 10 por ciento de las ganancias empresariales mencionadas se podría tener una quinta parte de la cantidad requerida para la reconstrucción.

     Eso podría ser posible si hubiera un estadista en la Presidencia de la República. No siendo así, nuestro sino será seguir viviendo en la sociedad monstruosa que nos han confeccionado los empresarios y burócratas ricos con nuestro asentimiento. Para remontar esta condición sería preciso disponer de una ciudadanía todavía más lúcida, valiente y abnegada de la que tenemos.

Abraham Nuncio Limón

Texto publicado originalmente no Jornal La Jornada. 
Como citar: LIMÓN, Abraham Nuncio. A los ricos . La Jornada. Ciudad de México, 5 de octubre de 2017. Disponível em: http://www.jornada.unam.mx/2017/10/05/opinion/023a1pol